martes, 17 de octubre de 2017

María Ángeles Pérez López / Atavío y puñal







María Ángeles Pérez López
























Con vocación narrativa y una escritura que es propiamente pintura, visión plástica y táctil, María Ángeles Pérez López enhebra una sucesión de personajes dramáticos (no en vano una cita de 2666, de Roberto Bolaño, ancla las que abren el libro) que se funden en un solo dolor, una sola causa desesperanzada, urgente e innegociable.

Atavío y mortaja, se diría del efecto de ese hilo que hilara Remedios Varo y que Frida Kahlo aceptaría para bordar sus últimos trajes; fotografía despojada en un autorretrato de Claude Cahun, de Yayoi Kusama; una aventura interior. Una visión («la mujer pinta un prado y saltamontes / sobre su calva blanca y aterida») o un dolor al que dar forma, ése parece el mandato que ha escuchado la poeta, la artista.

Olvido García Valdés




La selección de poemas que publicamos pertenece a su libro Atavío y puñal (Olifante, 2012).


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[Ciervos]


La mujer espera la llegada de los ciervos.
Se sienta en la cuneta y se descalza.
Con la uña más pequeña de su pie
rasca la tierra blanda y enmohecida
hasta arrancar un árbol de raíz.
Con un dedo invisible en su estatura,
remoto soberano primordial
empuja los nogales, los gomeros,
las hayas y los robles, los manzanos.
Después, bajo la lluvia, se arrepiente
mientras le late el pánico en la ropa.
El dedo mutilado es como el odio
del árbol mutilado, en la mujer
que se pinta en los labios treinta y dos
piezas dentales blancas, esmaltadas
con las que no morderse los pezones
ni llorar por los árboles caídos
y que suben despacio, en sus alveolos,
como subió cada árbol a su copa.
Del tronco descuajado, vuelto torre
gemela de otras torres neoyorquinas
caen los pájaros muertos, las personas
como estorninos muertos, el ramaje
como chicharra muerta, los tablones
como féretros muertos para Irak.
La mujer entretanto se avergüenza,
guarda el dedo y su uña, sus dolores, 
el esponjoso hueco de la encía
en que ató cada diente su raíz
y levantó una torre mineral.
A su lado, los árboles reposan
su tiempo de madera, griterío
de perros y de niños clausurados,
los brazos y las piernas como ramas
taladas con dolor contra la tierra.
Los animales huyen espantados.
Los ciervos se disculpan y no vienen.

                  




[Ombligo]


De su ombligo pequeño, la mujer
saca un hilo invisible y despiadado
con el que fabricarse una peluca.
Tira de él, lo devana en un carrete
y teje una melena amarillenta
para tapar su calva, su pesar,
su cráneo endurecido por la quimio.
Cada porción minúscula de pelo
equivale al total exactamente,
en un píxel de la hebra rectilínea 
es completa la masa celular,
resume lo heredado y lo futuro,
el tiempo en su promesa y su baúl.

Por su ombligo pequeño, la mujer
se levanta sin lágrimas, pasea
por el pasillo blanco de hospital
y mira sin rencor y sin pestañas.
Después pinta con yodo su peluca
y sonríe despacio ante el espejo
con su hermosura intacta y sin dolencia.
El yodo trae el mar y las gaviotas;
su perfume es salitre y condición
de isótopo soluble, hospitalario
que acaricia la calva, cicatriz.

De su ombligo no nace ningún loto,
no hay belleza redonda o proporción
áurea que mida el mundo y a los hombres,
sino solo el trajín deshilachado
del útero manchado de pobreza
que alberga, como un cuerpo en otro cuerpo,
la condición fibrosa del tumor.
Pero ella no se queja ni lamenta,
pinta un pez de agua dulce entre su pelo
y lo peina despacio y entregada.






[Elefantes]


Como los elefantes, la mujer
se inquieta ante los huesos de su especie,
mueve nerviosamente la cabeza,
se extravía y tropieza en su dolor.
Los esqueletos largos, mascarones
que arrojaron el mar y el pleistoceno
para dormir, lavados por el agua
hasta volverse láminas de luz,
son una herida abierta y silenciosa
que los grandes mamíferos levantan
con tal delicadeza, con colmillos
en su arabesco y su melancolía.
Porque los elefantes, la mujer,
elevan la osamenta de los suyos
y los acunan con sus grandes dientes,
los mecen con pasión y con trastorno.
Como los elefantes, la mujer
cubre su piel de arena y de termitas,
arroja a sus costillas, su espaldar
la tierra de sus muertos, se recubre
de su aspereza seca, ventolera
o ráfaga de tiempo calcinado 
y canta lentamente una canción
que en su baja frecuencia, solo escuchan
congéneres lejanos, primordiales.
Cuando pinta sus dientes de marfil,
dentina opaca y blanca, romboidal
que prestigia su boca y su alegría,
la mujer talla en ellos la aflicción
preciosa, endurecida como laja
que atraviesa la luz y la somete.

                             a Esteban Peicovich, por «El otro amor»






[Exacto centro]


En el exacto centro de su centro
la mujer pinta el vértigo y se asoma.
Como los gatos negros de la noche,
camina alrededor, mide el vacío,
se asoma a su avispero, su intervalo
de dolor a dolor, su abismamiento
y acerca los dos pies, la coyuntura
en que el barranco traga las palabras,
piedritas ya vencidas por su lastre.
Con su rencor purísimo y amargo
que es la fermentación de la mentira,
la mujer vuelca ácido carbónico
en su esternón, el hueso valeroso
cuya forma es la grieta, la fractura
en la concentración de la materia.
Vierte también vinagre y disolventes
sobre su corazón como una zanja
y en el abismo pinta un nuevo abismo,
un agujero negro en que la luz
nunca puede salir, queda exigida
a su larga derrota, su fortuna
de los días fatídicos, sus trece.
Asomada a su pozo, ya invisible,
se entrega a la pasión, la noche oscura,
el vértigo pintado sobre el hueso
de quien subida al piso veintiocho
en su azotea y su angustia vertical,
se tizna con carbón, tiñe su piel
de negro sobre negro y ensombrece
desaires, precipicios y basaltos.
Tan solo brilla el miedo, el corazón.

                                  a Reina María Rodríguez






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MARÍA ÁNGELES PÉREZ LÓPEZ (Valladolid, 1967) es poeta y profesora titular de Literatura Hispanoamericana de la Universidad de Salamanca. Ha publicado los libros Tratado sobre la geografía del desastre (1997), La sola materia (Premio de Poesía «Tardor», 1998), Carnalidad del frío (Premio de Poesía «Ciudad de Badajoz», 2000), La ausente (2004), Atavío y puñal (2012) y Fiebre y compasión de los metales (finalista del Premio Nacional de la Crítica, 2016); así como las plaquettes El ángel de la ira (1999) y Pasión vertical (2007).

Antologías de su obra han sido publicadas en Caracas, Ciudad de México, Quito, Nueva York, Monterrey y Bogotá. Acaba de aparecer la antología Algebra dei giorni (Álgebra de los días), edición bilingüe traducida por Emilio Coco en Italia para la editorial Raffaelli. Poemas suyos han sido incluidos en publicaciones de varios países y traducidos a diversas lenguas.