miércoles, 29 de marzo de 2017

Teresa Shaw / Cabañas en el desierto






Teresa Shaw






















El suyo es un proceso que describe los hechos pero reduciéndolos a lo que ellos –y sólo ellos- son en sí. Podríamos hablar de un realismo trascendente, pero también de una condensación no hermética: de una desnudez inversa a la de la poesía pura, y de una economía de lenguaje que convierte el poema, más en un esquema, en una interpretación de la realidad. En esa interpretación –que es el resultado de un doble proceso en el que análisis y síntesis se presentan juntos y se producen casi a la vez- Teresa Shaw objetiva un sentido que no polariza y traduce algo que supera y va más allá que la simple visión: presenta epifánicamente la emoción y la melodía de las cosas, como si estas fueran algo más que su simple estar ahí.

El poema –la forma y tipo de poema- se constituye en algo así como una red que caza la esencia más que las imágenes y que hace de éstas un horizonte espejeante en el que aquellas –las cosas- se dejan en ocasiones ver. Esas ocasiones son las que esta poesía sobre todo, trabaja.


Jaime Siles 




Los poemas de la presente selección pertenecen a su libro de próxima publicación Cabañas en el desierto.



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¿Oyes la música?
Alguien canta o recita
Es sólo la lluvia
Atiende al ritmo
su dulce ebriedad
el tan taran tan
me recuerda…
¿Qué dices?
Aquella víspera.
Íbamos en el viejo Ford azul
cuando juntas bebimos.
Estábamos en la playa
solas las hermanas,
me obligaste a mirar.
No me interesan las viejas historias
aquel gesto sin importancia
Qué vergüenza la desnudez
el escarnio del padre
¿Me escuchas?
Muy a mi pesar
Fue una broma
de mal gusto –lo admito-
pero ¿quién lo recuerda?
No dejes que te despojen
éste es tú momento y el mío.
Olvida,
atiende al ritmo,
es como un oleaje, viene y va,
todo pasa si no te dejas atrapar.
Lo que cuenta es la interpretación,
el ángulo desde el que miras.
Debes responder a este momento interminable,
la desnudez de los cuerpos
unos junto a otros
sobre la arena.
El ritmo de las olas,
el tan taran tan que no se detiene,
crece debajo de los párpados.

-Silencio-

-Silencio-

                            (Ya no importaba la desnudez)

La lluvia  azotaba los cuerpos
con un ritmo duro, rugoso

                                          


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He visto la calma de un árbol en el monte.
He visto un cordero amparado a su sombra.
Un día los esquiladores cansados y sedientos
se guarecieron bajo el árbol
y hallaron al cordero pequeño, poca cosa.
Pero cuando volvieron al año siguiente,
trasquilaron su lana ahora abundante y blanca.
Más tarde llegaron los carniceros
encontraron al animal
suficientemente bueno para el matadero.
Allí mismo lo carnearon
clavándole un cuchillo en el cuello
-ni ángel ni hombre los detuvo-.
Con las patas traseras atadas a una rama,
se desangraba.
En seguida repartieron los despojos
bajo la misma sombra hospitalaria.
No conocieron su crimen.
En el gran sueño de la vida
sólo uno es el dios
y exige sacrificios.




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Barcas de pescadores
quemadas por el sol
exponen su arboladura
sobre la arena de la playa.
Los sufridos cascos quieren alejarse aún
tras un astro que se oculta en el horizonte
y permanecer,
leño sobre leño, confiados.

Los hombres, ellos también,
exhiben la captura del día
como inocentes muchachos
y poco después,
al contemplar en el crepúsculo
la última rendija de luz,
piensan en la fortaleza de las redes,
en peces como panes.
Y sienten la fatiga
de sus brazos sosteniendo
lo que no tiene principio ni fin.




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En un intento por colmar el vacío
el poeta alemán
quiso ligar el tiempo: el todo
que siempre es
Aunque no hay nota que se prolongue
para nuestros oídos
ni paisaje que no habitemos en su destrucción.

Resuenan voces jóvenes, multiplicándose
en las nuevas urbes
impacientes, olvidadizas.
Es el precio de nacer.
Pero incluso en el día radiante
anidamos la intimidad de una sombra:
la ausencia de
aquello que habríamos podido
amar.

Y las cosas sencillas se amontonan
como chatarra, mustias y abandonadas,
y el placer es un fruto ajado.
¿Y el poema…?

Entonces, por primera vez, se tanteó
en serena soledad,
más allá de las circunstancias del vivir
y de Dios.




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Pobreza I



la cabaña, su paisaje
de campo abierto
junto al tajamar
placeres, amores
tan frágiles allí
tan aferrados a la vida
su poder

(presencias que se intensifican
en la quietud
de su no estar ya ante mí)

ojos
manos
guardan aún
un tocar
que no alcanza

y el pie
los dedos
escarcha en la noche
transparencia
que rezuma
esta pobreza




___



Pobreza II



La pobreza es desnudez
apariencia que rebosa
en la hierba cuando no es más que hierba
en el pájaro que oculto en el torbellino del nido
sostiene con su requiebro el murmullo
de un aletear
en la mosca que zumba y se pega al cristal
en el tedio del buey y el frío de la culebra
en el escurridizo pez
en la lluvia y en la escarcha
en sol que brilla y la Tierra que gira
en la sopa que humea cuando llega el invierno
en el sin porqué de cada mañana
con la mano que estrecho y el rostro que me confronta
en la luz y en la sombra
en el árbol o en la ola
en la piedra
en la flor

Cuerpos del instante
restos de una ausencia
márgenes donde asir lo que amo.                                                          
                                



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Como cuando no era,
nado en este mítico mar Mediterráneo,
nado y parece que nada se quiebra
al golpear las olas, al nacer la espuma
y me crecen escamas bajo la infancia.
Lejos de la noche y el sueño amniótico,
caigo en brazos de las olas
y el océano es más ancho
como cuando no era
entre los átomos del agua
que mucho antes de hincar caparazones,
en rocas
rozaron mi espalda,
anidaron en húmedas fosas
de altísimas sombras,
como cuando no era.
Y aunque febrero no ha llegado
siento la sal en mis labios no probada
y la luz cómo se filtra
por los poros de mi piel
limpia de todo deseo,
limpia de los últimos años.
Entonces, como cuando no era,
libre de finitud,
me tiendo
sobre la arena de la playa
y bajo el viejo sol
respiro
mirando hacia el antiguo cielo
y sin temor escucho
cómo descienden al galope,
hacia la luz y el agua,
los caballos.




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TERESA SHAW (Montevideo, 1951) es autora de los libros de poesía Destiempo (Barcelona, 2003) y El lugar que contemplas (Barcelona, 2009). Ha traducido la poesía de Frieda Hughes (Wooroloo, Barcelona, 2002), hija de Sylvia Plath y Ted Hughes.  




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