jueves, 6 de julio de 2017

Bianca Tarozzi / Hermanas 


Traducción de Juan Pablo Roa





                                                          

Bianca Tarozzi
































Podemos encontrar los últimos poemas de Bianca Tarozzi en un  cuadernillo de cubierta fallida que no hace justicia al título: La señora de porcelana (ediciones Di Felice). Era necesario algo de color, mayor movimiento, más aire. Se trata de dieciocho poemas, más bien breves en su mayoría, como no suele suceder por lo general con Bianca Tarozzi, original y conocida en particular por su sorprendente capacidad para componer poemas narrativos, nouvelles en verso. He leído y apreciado de manera especial todos sus libros, desde el primero –publicado hace ya veinticinco años–, hasta el último, El teatro viviente –que yo mismo publiqué en 2007, cuando dirigía la colección literaria de la nueva Scheiwiller–. También estos poemas son inconfundibles por su felicidad. ¿Es posible afirmar en serio algo semejante de un poeta contemporáneo? Quizá sea posible, pero raro. La musa dominante durante más de un siglo en poesía ha sido la angustia, no la felicidad. Los pocos poetas que han sido excepción han sido los más narrativos y más descriptivos, como por ejemplo, Gozzano, Saba, Bertolucci, los inventores de una microépica del presente o del pasado, atiborrada de escenas, lugares desaparecidos, figuras e historias de aquellos tiempos, espacios definidos, objetos en desuso, nombres propios, fábulas de identidad, con una nostalgia estática de momentos idílicos. Y todo esto en verso. Quiero decir, en versos, versos regulares, reconocibles, los más practicados y practicables en lengua italiana, dóciles como simples e ineludibles utensilios domésticos: con prevalencia de endecasílabos, frecuentes los heptasílabos, de vez en cuando un quinario, a veces una rima. Parece como si Bianca Tarozzi hubiese aprendido de los ingleses y de los estadounidenses (a quienes ha traducido) a aceptar la alegría de comunicarse con versos de «sentido común», ni sublimes ni sibilinos. Es ésta la alegría que de inmediato aferra el lector: la alegría de trasgredir una norma o convención actual (la poesía acertijo en versos libres) para reencontrar una en desuso, como cuando se encuentra un tesoro fabuloso escondido en la buhardilla: la lengua de un microcosmos familiar, infantil y remoto, sustraído a la tiranía del presente. 



Alfonso Berardinelli


 

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Hermanas

  

Ella, no era
bien lo recuerdo,
en absoluto como yo,
ni siquiera en ese momento.
Era morena,
flacucha, de caderas
estrechas, grácil.
Yo, todo lo contrario.
Ella saludable, yo enferma.
Ella recta y yo encorvada.
Andaba
sin sospechar jamás
adónde llegaría
su recorrido.
Yo, rodeada de mapas,
atenta, circunspecta,
precavida, fuera de mí.
Sus líos,
¿quién se los deshacía?,
¿quién cancelaba
sus deudas?
Críticas por enjambres
como avispas en torno
acusaciones importunas,
fastidiosas, desapacibles,
recíprocas.

Ella detesta las prisiones,
las constricciones
perspicaces. La noche
es solamente suya:
regresa soñolienta ,
arrugada, greñuda,
inventa historias
especialmente absurdas.
La ha seguido uno:
un tipo de cabeza encapuchada.
No, no, mejor así:
¡empaquetada!
Eran un grupo,
todos amigos.

¡Y este tipo entra al teatro
con la cabeza envuelta,
toda misterio, invisible!
No era Carnaval
por lo que la inocentada no vale.
¿Y quién era ese fulano
y por qué estaba ahí sentado
en el cine con ellos,
la cabeza dentro de un saco?
Era mi padre, me responde.
¿Solamente suyo, no mío?
La historia es incomprensible:
murió hace ya veinte años
me digo, para hallar una razón.
Ella aprovecha la ocasión
para contradecirlo todo.

Con todo, tú que huyes,
que estás
cerca o lejos
de mí, Morgana,
has existido en otra parte,
mi hermana,
incomprensiblemente
enemiga de mí,
a quien hace veinte años no comprendo,
antigua,
turbia mujer
a quien he regalado
un trozo de pasado:
el mío y tuyo.
Recorres vastos caminos ignotos,
calles sin explorar,
metes los pies
en el cieno, el único
retazo sin pavimentar
de la ciudad:
¡del légamo el pie
diminuto, calzado,
vuelve incólume, limpio!
Dentro de la iglesia
barroca donde has
entrado por casualidad
«Un monaguillo»,
me dices, «no, un duendecillo,
danzaba con traje ondulante».
Nadie ve lo que tú.
Hablas de tus amores
(nadie te ha preguntado),
los que fueron felices,
unos cuantos instantes:
vosotros, vecinos, amantes,
adormilados.
No envejeces jamás:
tan sólo yo.
Y ahora ¿dónde estás,
qué estás tramando?
Te espero
en el salón
principal en el que dormito
en el sillón: tú
en prados de amapola en los que
el sol cae a pico y la abeja
danza feliz
en mí no piensas.

Tú existes en algún lugar,
desamorada amiga,
mientras que yo
me siento junto a mí
en la vida.





Miranda


Hoy Miranda
me dice que ha encontrado
en la habitación
a una extraña criatura
peluda (pelo largo)
afectuosa, pulgosa
¡y quería abrazarla
a toda costa!
Excesivo, el afecto
embarazoso.
O repulsivo.

¿Era tal vez
un pastor bergamasco?
No, no, más grande.
¿Un orangután? ¿Un mandril?
Tenía el pelo largo
¿Más largo?
Un sky terrier
Levanta los hombros
No piensa volver
a su habitación
cambiará de alojamiento.
Del monstruo no hay huella:
lo ha soñado.

Me dice: «He visitado
una iglesia toscana a rayas azules».
«¿Horizontales?»
«Sí. ¿Tú la has visto?»      
«Aquí no.»
«Es muy amplia,
es como una basílica.
Y dentro, en lo alto
hay un pasaje:
es largo el muro
y la recorre a los lados.
Estaba abajo, ¿y a quien veo
allá encima?
Precisamente a ella, a Alfonsina.
¿La recuerdas?
Ahí, al lado del pasamanos.
Yo que estaba abajo
la he llamado un buen rato.
Le gritaba: “¡Alfonsina!”.

»Pero ella no me veía,
no me oía».
Mientras lo dice
empieza a estar ronca.
«¡Ella arriba y yo abajo!
¿La encontraré alguna vez?

Quedo abatida:
¿qué es, que será
Alfonsina para ella
como para llorar?
¿Y por qué la otra arriba
y ella abajo?
Y por qué tan afligida
Miranda, y además por qué
me lo cuenta? ¿Qué hacer?
¿Reconfortarla? ¿Ignorarla?

Ella vive siempre en otra parte,
ella no me ve
y si me ve dice
cosas muy desagradables.
Por ejemplo: «Te encuentro
de miras un poco estrechas,
un poco anticuada...
Invernal, diría,
incluso en mayo.»
Entretanto ya es marzo
y mi hermana
con insólito fasto
se pone mi chal 
bermellón
una bufanda naranja
verde, carmín y azul.
De muy buen humor
pasea por la ciudad
fingiendo ser yo
llena de sí.






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[Ir a la versión en italiano]


BIANCA TAROZZI (Bolonia, 1941) es autora, entre otros, de los libros de poesía Il teatro vivente (2007), La signora di porcellana (2012), Tre per dieci (2013) y Canzonette (2016). Su obra no ha sido traducida hasta ahora al español. Ha estudiado la obra de Jean Rhys, Robert Lowell y, recientemente, de André Gide y Charles Du Bos. Ha traducido la obra de Elizabeth Bishop, Emily Dickinson, Richard Wilbur, Lewis Carol y A.E. Housman. Es también autora de libros para niños en verso y prosa. 



JUAN PABLO ROA (Bogotá, 1967) es autor de los libros de poesía Ícaro (Bogotá, 1989), Canción para la espera (Bogotá, 1993), El basilisco (Ediciones sin nombre, México, 2008) y Existe algún lugar en donde nadie (Lleonard Muntaner, Palma de Mallorca, 2010), con el que obtuvo el XXXV premio de poesía Vila de Martorell. Ha traducido la poesía de Amelia Roselli (PoesíasÍgitur, 2004), Anna Maria Giancarli (Arqueología del presente, Peccata minuta) y Antonella Anedda (Desde el balcón del cuerpoVaso Roto, 2014).  




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