martes, 12 de mayo de 2015


George Herbert y sus traductores / Santiago Sanz y Misael Ruiz Albarracín                                

   

                                                  
George Herbert
































GEORGE HERBERT (1593-1633) es un poeta estrictamente devocional del que T.S. Eliot, en el último de sus grandes ensayos, afirma que, al igual que sucede con san Juan de la Cruz, ningún tema menos elevado podría haber evocado su genio. Pertenecía a una de las familias más influyentes de la Inglaterra isabelina y jacobea. Su madre, lady Herbert, mantuvo una larga amistad con John Donne, que le dedicó varios de sus poemas y que, con el tiempo, se convertiría también en amigo de su hijo George. Tras su paso por Westminster School, ingresó en el Trinity College de la Universidad de Cambridge, de la que fue nombrado orador en 1620. Vivió rodeado de los mayores intelectuales de su época. Fue admirador y amigo de Francis Bacon, a quien ayudaría a traducir al latín The Advancement of Learning, y del obispo Lancelot Andrewes, principal traductor de la King James Bible (1611). Al final de su vida mantuvo una estrecha relación con Nicholas Ferrar, el fundador de la vecina comunidad de Little Gidding, a quien enviaría en el momento de su muerte el manuscrito con sus poemas para que, si creía que los conflictos espirituales que en ellos mostraba «podían ser de ayuda a algún alma afligida, los hiciera públicos y, si no, los quemara».


Publicamos a continuación la entrevista realizada por Juan Pablo Roa, editor de Animal Sospechoso, a Santiago Sanz y Misael Ruiz Albarracín, responsables de la edición y traducción de Antología poética de George Herbert (Animal Sospechoso, Barcelona, 2014). 

A la presente edición de la poesía de George Herbert le ha sido concedida el XVIII Premio de Traducción Ángel Crespo (2015).




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juan pablo roa: Permitidnos entrar en materia sin preámbulos: ¿Por qué Herbert ahora y en español?

misael ruiz albarracín y santiago sanz: La razón de ser de esta antología y de la presente traducción es nuestra admiración por la poesía de Herbert y la conciencia clara de que su presencia en español hace ya tiempo que se hacía insoslayable. Aunque esta traducción empezó casi como un juego, acaso no se habría ni siquiera planteado si no pensáramos que venía a suplir una ausencia en el panorama editorial en el mundo iberoamericano.

j.p.r: El propio Herbert manifestó su deseo de destruir sus poemas salvo que pudieran servir de ayuda o consuelo a otros. ¿Subyace en vuestra traducción una voluntad similar o, por decirlo de otro modo, os habéis sentido los traductores albaceas del poeta en este sentido?

m.r.a. y s.s.: De una manera consciente no, pero es obvio que muchos de los poemas transmiten un inequívoco fondo de alivio y creemos que la traducción no es ajena a ese anhelo del poeta. No puede ser casual que de todos los salmos de David,  Herbert decidiera poetizar en torno al Salmo 23, que infinidad de personas a lo largo de los siglos habrán recitado en horas de infortunio.

j.p.r: ¿Puede suponer una traba a la labor del traductor la convicción íntima en un poeta de que el lenguaje le es insuficiente? ¿Ha sido así en vuestro caso?

m.r.a. y s.s.: Cualquier traducción se enfrenta a obstáculos de muy distinto orden, pero, salvo en contadas ocasiones, Herbert no parece desconfiar del lenguaje. Tal desconfianza haría de él un místico, cuando en realidad Herbert es más bien un clásico. Su elogio de la palabra sencilla, su desdén por el exceso de conceptualización, revelan a las claras que, para él, la poesía solo puede ser tal si es con la lengua de todos («Que canten los pastores, que gente honrada son», leemos en Jordán [1]).

Hemos querido que nuestra traducción respete esa naturalidad en el empleo del lenguaje, y si alguna vez se ha recurrido a algún sinónimo en lugar de a la traducción literal y más obvia de un término, hemos procurado no ennoblecer ni elevar su sentido, sino mantenerlo tan llano como en el original inglés. Es más, en algún caso, hemos extremado esa veta herbertiana de sencillez: en Bautismo (2), por ejemplo, el verso «Let me be soft and supple to thy will» queda en la traducción menos conceptual, más, por así decir, humilde: «Que sepa a ti plegarme con dulzura».

j.p.r: ¿Aspira esta traducción a acercar a Herbert a un público más amplio del que cabría esperar en un principio?

m.r.a. y s.s.: Creemos, en parte por lo ya dicho sobre su uso del lenguaje, que Herbert no es un poeta difícil. De haberlo sido, ¿cómo habría podido ayudar a esas «almas afligidas» a las que quería confortar? Él, pese a figurar en la nómina de los llamados poetas metafísicos, difícilmente habría compartido la convicción de su contemporáneo Spinoza de que lo excelente lo es por difícil. Convencidos, sin embargo, de que Herbert se quería accesible, no hemos tratado en ningún momento de simplificarlo. Es un poeta inglés del siglo XVII y no queremos que parezca otra cosa. Traducirlo es, cuando menos, un doble reto, pues supone acercarlo a un público lector potencialmente desconocedor de la lengua inglesa y alejado casi cuatrocientos años en el tiempo.

j.p.r: Bueno, eso suena muy interesante, pero vayamos a un aspecto más práctico de vuestro trabajo. Desde el punto de vista métrico, ¿cómo acercar ambas tradiciones poéticas

m.r.a. y s.s.: Es difícil hablar de acercamiento. La métrica de Herbert es acentual y utiliza distintas combinaciones sobre un ritmo de pies yámbicos. A partir de ahí construye prácticamente una forma estrófica diferente para cada uno de sus poemas; siempre estrofas breves. Aunque hay ejemplos de poesía acentual en español, nos decidimos por emplear formas métricas que el lector asociara de modo natural con su época. Por ese motivo, hemos buscado una correspondencia con heptasílabos y endecasílabos sobre todo, y también versos más cortos, que son los que un lector esperaría en nuestra lengua en un contexto semejante. No obstante, no hemos querido tampoco hacernos esclavos de la norma y, en ocasiones, nos hemos dejado guiar por un esquema métrico menos firme para poder trasladar unas imágenes de las que, de no ser así, habríamos tenido que prescindir o traicionar.

j.p.r: El inglés de Herbert, al margen ya de la ortografía, es el inglés de hace cuatro siglos, puesto al servicio además de una poesía devocional, volcada casi enteramente en el diálogo –o monólogo– del hombre con Dios. ¿Qué dificultades de orden práctico entraña todo eso para la traducción?

m.r.a. y s.s.: En la introducción ya se dice que hemos optado por un español con «cierto aire de época» pero desprovisto de arcaísmos. Ese equilibrio no solo nos parece deseable, sino también factible. ¿Por qué? Pues porque Herbert es un poeta que sentimos próximo, no ya porque nos guste, sino porque es cercano en su manera de concebir la poesía y también en su manera de acercarse a Dios. No en vano su poesía pudo subyugar por igual a espíritus tan difíciles y atormentados como el de Simone Weil[1], en el siglo XX, y a otros mucho más –presumimos– modestos, como los que le leían en las numerosas ediciones que siguieron a su muerte en 1633.

Si toda traducción es interpretación, y así es en efecto, también lo es toda lectura. El traductor interpreta con cada nueva lectura y con cada atisbo y esbozo de traducción. Es mérito en parte de Herbert y de esa cercanía suya que nuestro trabajo no nos haya resultado ingrato. Sean o no los posibles lectores «almas afligidas», esta traducción quisiera llegar a todos ellos con la suavidad querida por Herbert, pero sin ahorrarles nada de su sincero dolor ni de su punzante conciencia de fragilidad.

j.p.r: Abundando un poco en todo eso, si toda traducción es interpretación, ¿cómo saber si ésta es mejor, más fiel o veraz que otras? ¿Cómo calibrar su calidad?

m.r.a. y s.s.: Esa pregunta es tan interesante como difícil de responder. Para empezar habría que plantearse incluso la conveniencia o no de que una traducción sea fiel, veraz o incluso comprensible. Walter Benjamin, por ejemplo, en su ensayo sobre el oficio de traductor, viene a decir que las traducciones perfectamente comprensibles son fallidas, pues dejan de lado lo esencial, por naturaleza incomprensible. Pero más allá de tales sutilezas –y creemos que nuestra traducción respeta y conserva las zonas de sombra o misteriosas cuando se dan en el original– conviene aclarar que hemos intentado dar cauce en español a Herbert con la mayor fidelidad de que hemos sido capaces, tanto en el ámbito semántico como en la dicción y, en buena medida, también en el métrico. Ahora bien, la presente traducción no puede no ser del siglo XXI. El traductor lleva su propio mundo al texto que aborda y no puede sustraerse a él por mucho que lo intente. Ya en el siglo XII –un siglo poco dado, por lo que pudiera suceder, a filigranas con el estatus ontológico de la verdad– el monje Bernardo de Chartres se atrevió a argüir que «la verdad es hija del tiempo» (veritas filia temporis), o lo que es lo mismo, no hay forma de sacudirse el tiempo ni hacer abstracción de él. Se ha dicho, por ejemplo, que cada época ha generado el intérprete de Beethoven que necesitaba: Schnabel, Richter, Gilels y acaso hoy Lang Lang… todos ellos excelentes, únicos, disímiles. Lo mismo cabría decir de la ópera o de la puesta en escena de una tragedia griega, pero también, sin duda, de la traducción, sobre todo de la de poesía.

j.p.r: ¿Por qué motivo aparece la versión inglesa de los poemas con la ortografía del siglo XVII y no una versión modernizada?

m.r.a. y s.s.: La verdad es que sopesamos las dos opciones pero, finalmente, tras hablarlo no sólo entre nosotros sino también con lectores ingleses, nos decantamos por la ortografía original. Por un lado, se trata de una edición para lectores en español que, presumiblemente, utilizarán la versión inglesa como una guía o referencia última de la traducción. Es verdad que en un primer momento puede hacer más difícil su lectura, pero lo cierto es que no presenta grandes dificultades. Por otro lado, permite entender mejor la pronunciación de algunas palabras que, en el siglo XVII, era diferente de la actual. Por ejemplo, a un lector atento le será útil saber que las terminaciones en «‘d» o «t» (como en dress’d o dresst) indican que constan de una sola sílaba, mientras que cuando se escribe «ed» (como en dressed) se pronuncian dos sílabas; eso da una idea más exacta del esquema métrico y del ritmo, que es una parte importante del beneficio de poderlo leer en el inglés de su época. Si bien la traducción, como se ha dicho antes, renueva y actualiza el texto original –creo que era Steiner quien decía que podía representarse la evolución de la lengua inglesa a través de las traducciones de la Odisea–, no creo que sea nuestra labor como traductores modernizar el texto original de Herbert.

j.p.r: Herbert es un autor religioso, confesional. ¿Qué interés puede tener para un lector no creyente?

m.r.a. y s.s.: Es una cuestión que se plantea inevitablemente en torno a Herbert. Tanto es así que en la introducción al libro nos hemos sentido obligados a reflexionar sobre ello. No al traducirlo, ya que su lectura nos resultaba natural y nos producía un goce estético evidente, sin la necesidad de abrazar sus creencias religiosas. Hay un ensayo en el que Cernuda ofrece una posible respuesta. Está hablando de la poesía de Juan de la Cruz, que es también un poeta religioso. Cernuda siente la necesidad de explicar al lector que, durante la lectura, el poeta contagia en cierto modo el pensamiento y la per­cepción del lector. Creemos que describe muy bien el proceso de lo que sucede en la mente del lector, la hospitalidad frente a lo que se nos dice, que es el único modo de que actúe en nosotros y experimentemos en nuestro interior –como propio– su contenido. ¿Qué otro sentido tiene leer? No hace falta estar enamorado para que nos conmueva una historia de amor…

j.p.r: La «suspensión de la duda» de la que hablaba Coleridge.

m.r.a. y s.s.: En efecto, y que en el caso del traductor debe ser quizás más prolongada y profunda si, como corresponde, se convierte transitoriamente en una prolongación del autor. Una de las virtudes de la poesía, acaso no la menor, es que puede pasar por encima de barreras como estas, precisamente porque está siempre al filo de algo más, va más allá y se nutre más de incertidumbres que de certezas. La de Herbert no es una excepción.

j.p.r: ¿Y hasta qué punto son actuales los poemas de Herbert?

m.r.a. y s.s.: Depende del lector, evidentemente. Pero si nosotros, y los lectores ingleses que siguen leyéndolo, pertenecemos al siglo XXI y lo leemos con interés, algo hay en ellos que nos toca de cerca. A nuestro juicio, ese algo es, en última instancia, el amor. Los aspectos teológicos quedan en un segundo plano, aunque para él fueran indisolubles. Si se leen los poemas sin pre­juicios, percibiremos necesariamente la intensidad de sus sen­timientos, su sinceridad y también, sin que lo estorbe –lo que no es habitual–, su inteligencia y su humor. Está también, claro está, oculta en su sencillez, la maestría formal. Es como si todo cuajara, y cuaja porque de hecho no se trata de un proceso puramente verbal, sino que es un modo trabajado de ser. Una emanación de su propia vida. No creo que Coleridge, Eliot o Simone Weil se hubiesen dejado engañar fácilmente.

j.p.r: ¿Existe algún punto de contacto entre Herbert y la poesía española de su época?

m.r.a. y s.s.: No hay una relación directa entre ellos, aunque sí con otros aspectos de la cultura española. Se ha hablado de la influencia de las prácticas de meditación desarrolladas durante la Contrarreforma por los jesuitas sobre la estructura de los poemas de los metafísicos. Es un tema muy interesante del que hablamos en la introducción al libro, pero no vemos una relación con los poetas españoles del XVI o XVII. Sin embargo, se produce una coincidencia curiosa con autores como Juan de la Cruz o Fray Luis de León. No ya en el tema, que en Juan de la Cruz se aborda desde la «otra ladera» –la mística–, lo que no es el caso en Herbert, sino en cuanto a la capacidad que todos estos autores tienen para anticipar lo que sería la evolución de sus respectivas lenguas. Todos ellos escriben con lo que aún hoy percibimos como un lenguaje que nos es próximo.

j.p.r: : Esta antología tiene dos traductores. No es algo habitual en poesía, ¿cuál ha sido el proceso?

m.r.a. y s.s.: Bueno, ha sido un proceso que ha ido evolucionando durante los cuatro años que hemos dedicado a este libro. Inicialmente, tradujimos ambos –cada uno por su lado– un mismo poema, pero al tratar de armonizar ambas versiones surgieron de inmediato todas las dificultades que eso suponía. Para comenzar, no habíamos establecido unos parámetros formales, métricos, de todo tipo, que acercaran las distintas traducciones. Por otro lado, resultaba muy difícil combinarlas entre sí. Exigía algún criterio común y, sobre todo, un tono único. Así que, tras esta primera tentativa, establecimos unos criterios a seguir por lo que respecta a la correspondencia métrica y a otros aspectos técnicos y decidimos que cada uno haría la primera traducción de un poema distinto. Después nos enviábamos por correo esa primera versión, que el segundo traductor revisaba y devolvía con sus sugerencias y comentarios. El primer traductor decidía entonces si introducía los cambios sugeridos y, por lo general, durante ese retoque volvía a reescribir parte del poema. Después de un tiempo, cuando teníamos ya varios poemas traducidos, nos reuníamos durante unos días y nos dedicábamos a leerlos conjuntamente. Esos encuentros de primera mano con los poemas originales y las traducciones suscitaban nuevos cambios, tanto de dicción como de ritmo y, en muchos casos, la lectura en voz alta aclaraba dudas sobre el sentido de los versos más difíciles. Cuando decidimos que ya no íbamos a traducir más poemas volvimos a trabajar conjuntamente durante una semana en una casa de campo sobre todos ellos, leyéndolos y releyéndolos hasta sentirnos razonablemente satisfechos de cómo sonaban en español. Y, claro, durante todo ese proceso va destilándose nuestra visión de Herbert, nuestras preferencias y así, de un modo silencioso, nuestra lectura de Herbert. Eso es una traducción en definitiva, ¿no?

j.p.r: ¿Pero no os sentís, a pesar de todo, autores individuales de alguna de las traducciones del libro?

m.r.a. y s.s.: Para ser sinceros, con tanto retoque y diálogo interpretativo, con tantas sugerencias por escrito o habladas, fuimos olvidando quién había realizado la primera versión de cada poema y, en cualquier caso, qué versos o soluciones salieron de uno u otro. La verdad es que cuando se dan tantas vueltas a las palabras, al final, lo único que importa son eso, las palabras. Como diría Herbert, «el acorde del alma con los versos».

j.p.r: : ¿Hay algún verso que os haya conmovido de modo particular?

m.r.a. y s.s.: Sí, claro, muchos. Pero, por decir uno, quizás éste: «Después de tantas muertes vivo, escribo».

j.p.r: : Y, ya para cerrar, desde un plano más ligado al goce estético, ¿qué versos os han hecho pensar en nuestros poetas mayores?

m.r.a. y s.s.: Bueno, es muy difícil elegir. Supongo que cada uno tenemos los nuestros. En la nota a Un himno verdadero se mencionan ecos de Coleridge o Machado. Pero hablando de emoción estética que nos haya llevado a otros poetas está, por ejemplo, la paradoja con que termina Aflicción (1), «no dejes que te ame, si yo a ti no te amo», que posee algo del espíritu del soneto de Lope de Vega, «que tengo yo que mi amistad procuras…». O, también, el último verso de Oración (1), «país de las especias; algo entendido», que hace pensar, primero, en el Cantar de los cantares y, después, en «un no sé qué que quedan balbuciendo» de Juan de la Cruz.




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SANTIAGO SANZ (Madrid, 1963) ha editado y traducido la poesía de George Herbert (Antología poéticaAnimal Sospechoso, 2014; XXX Premio de Traducción Ángel Crespo).

MISAEL RUIZ ALBARRACÍN (Bruselas, 1960) ha publicado los libros de poesía El hueco de las cosas (Trea, 2010) y Todo es real (Pre-textos, 2017; XXX Premio Antonio Oliver Belmás). Ha traducido la poesía de R.S.Thomas (Antología poéticaTrea, 2008) y de Clive Wilmer (El misterio de las cosas, Vaso Roto, 2011). Ha editado y traducido igualmente la obra de George Herbert (Antología poéticaAnimal Sospechoso, 2014; XVIII Premio de Traducción Ángel Crespo). 






[1] Para Simone Weil éste era el poema más hermoso del mundo. En una carta titulada «Autobiografía», escribió lo siguiente de «Amor (3)»: «Lo he aprendido de memoria y a menudo, en el momento culminante de las violentas crisis de dolor de cabeza, me he dedicado a recitarlo poniendo en él toda mi atención y abriendo mi alma a la ternura que encierra. Creía repetirlo solamente como se repite un hermoso poema, pero, sin que yo lo supiera, esa recitación tenía la virtud de una oración. Fue en el curso de una de esas recitaciones, como ya le he narrado, cuando Cristo mismo descendió y me tomó [«A la espera de Dios»]» (P. 149, de la edición de George Herbert, Antología poética.)

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